Suena el despertador, abres los ojos. Es la mañana de cualquier día de la semana y los rayos del sol que brilla a más no poder entran por la ventana, siempre ahí presente aunque sea pleno otoño.
Hay una botella de whisky con la etiqueta rasguñada tirada al lado de la cama; recuerdas una promesa, una premisa motivadora de algo que se esfuma y que hace tan solo una semana te juraste realizar, ¿Pero qué era realmente? La pregunta se perdió entre los planes pertinentes y el desayuno.
Camino al trabajo todo marcha bien, porque bien significa que nada anormal sucede; todo igual, marchando sobre el mismo camino como los cinco días de las semana. Como siempre en trance, una ráfaga de pensamientos y preguntas estrafalarias, te preguntas si de tanto pasar por la misma vereda llegará el día en que los millones de pasos se noten como los surcos que dejan las hormigas en el jardín a su paso.
"¡Buen día caballero! ¿una ayudita?" escuchas decir al mendigo que sentado frente a la salida del supermercado estira la mano en dirección hacia ti. Supones que será un hombre de tu edad ya que nunca te atreviste a mirarlo a los ojos y fijarte en detalles; siempre de reojo y en la conciencia la tortura de no haber respondido tan siquiera al saludo.
Cruce de peatones, los ojos un sube y baja entre el reloj de pulsera y el hombre de led rojo que te indica que pares; das pequeños golpes de ansiedad con los pies y vuelves a mirar el reloj, de vuelta al hombre... ¡verde! Continúas, rápido para no perder el tren.
Sentado en el banco de la estación doña Manuela te habla del tiempo; vuelves a suponer, pues los auriculares a tope no te dejan oír nada, pero lo logras intuir por el movimiento de sus labios. ¿Qué otra cosa podría estar diciéndote? Doña Manuela llevaba compartiendo el mismo banco de estación contigo desde que comenzaste a trabajar en la oficina.
Los cinco días de la semana estaba siempre firme a la misma hora. Los primeros años de veinte las charlas hacían que la espera fuera ameno, por ese entonces tenía unos bien llevados cincuenta; pero por una extraña enfermedad hoy ya no es lo que era, no cuenta las anécdotas vividas ni los días en que era una importante mujer, Ahora como si fueses un completo desconocido solo te habla de como está el tiempo y confunde tu nombre con el de vaya a saber quién.
En el trabajo nada se ha salido de su estructura: los expedientes ya están organizados. Un trabajo simple pero monótono; no hay de qué quejarse, tal como está la situación deberías sentirte afortunado. El día laboral terminó así, sin pena ni gloria. Nada nuevo, así de efímero.
De vuelta en casa, al abrir la puerta suspiras intranquilo; ¿qué pasa, el día no había sido lo suficientemente productivo? Algo se mueve en tu interior: flashes de imágenes y ruidos que no logras discernir; hormigas desesperadas, un camino y un pedido que se pierde entre bocinas, el rostro difuminado de alguien que te suena familiar. Alguien te mira con ojos de vidrio; canta una canción que no concuerda con su voz. ¿Tu canción favorita, por qué la canta lo que parece ser una anciana?
El termómetro marca 36°C ; no hay fiebre y te sientes tan mal, tan confundido que te tumbas en lo más cercano que hallas: el sofá lo más cercano. Cierras los ojos y te sumerges en ti mismo.
Suena el despertador, abres los ojos. Como si de una epifanía se tratase, miras los rayos del sol que entran por la ventana de una manera diferente y sonríes. Ahí está presente como siempre en pleno otoño, te sientes feliz.
Debes ir a trabajar, pero está vez no irás. Eres consciente de que es lunes. ¿He dormido dos días, quién me ha traído a la cama?
Ninguna pregunta se pierde entre los planes y el desayuno; recuerdas una promesa grabada en papel, una premisa motivadora que no se esfuma. De un salto sales de la cama como a un niño al cual le espera su primer día de vacaciones, tropiezas con una botella de whisky la cual recuerdas haber vaciado inmerso en la tristeza el viernes por la noche. Caes al suelo, desparramado y con un gran dolor en las rodillas te arrastras hasta el mueble donde tienes tus libros favoritos. En los olvidados abajo de todo y con polvo, una enciclopedia de historia antigua que no dabas uso desde que dejaste de cursar el secundario. Al sacarla notas que en las finas lineas de páginas de libro cerrado logras ver que en la mitad hay una abertura desigual a todas las demás. Sabes que borracho y desolado has dejado algo pero no sabes bien qué. Al abrirlo cuidadosamente como si fuese una reliquia te encuentras con un papel de nota de color azul doblado a la mitad, al desplegar te encuentras con tu propia letra y lees:
"Cambiar el camino al trabajo. Mirar a los ojos al mendigo. No ignorar a doña Manuela"